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El último revolucionario…del liderazgo

- Febrero

Era noviembre, estaba de viaje por Buenos Aires, y entré a la oficina de una de mis directoras creativas. Arriba de su escritorio había algo nuevo, que completaba la blanquísima decoración onda Apple: era la biografía sobre uno de los personajes más importantes del último siglo. “¿La leíste? Está buenísima, vos tenés mucho de él”. Primero me reí orgulloso, aunque la sensatez me llevó a la realidad: era un típico piropo corporativo. A las 100 páginas me pregunté por qué me habían comparado con ese ogro egoísta y maltratador, pero cuando crucé esa frontera empecé a meterme en un mundo fascinante y a reconocerme en muchos de sus aspectos. Cuando terminé las 700 páginas, sentí que los que soñamos y nos gusta hacer que las cosas sucedan encontramos un parecido aspiracional. Todos somos un poquito Steve Jobs.

En unos pocos días, el 24 de febrero, hubiera cumplido 58 años quien además de transformar dramáticamente seis industrias diferentes, cambió para siempre los parámetros de gestión tradicional.
“Mientras el equipo crece -aseguraba Jobs- resulta muy fácil admitir a unos pocos jugadores de segunda. Entonces estos atraen a otros jugadores de segunda más, y de pronto tienes incluso jugadores de tercera. La experiencia me enseñó que a los jugadores de primera les gusta jugar únicamente con otros de su misma división, lo que significa que no puedes tolerar a los de segunda”.
Empresario, creador y gurú de las nuevas tecnologías, fue uno de los genios más brillantes, complejos y oscuros de la historia. Las computadoras personales, las películas animadas, la música, los teléfonos, las tablets y las publicaciones digitales nunca serán lo mismo gracias a él.

“Quise armar una compañía donde su gente esté más motivada por los productos que por tener ganancias”, soltó alguna vez, y esa definición quedó grabada como parte de la exitosa filosofía que lo acompañó a lo largo de su vida.

Fundó Apple en 1976 y volvió en 1997, cuando la compañía estaba al borde de la quiebra. En esa segunda etapa lanzó, por ejemplo, la tienda iTunes, que en siete años vendió más de 10 mil millones de canciones.

Tenía algunas claves de mando muy particulares, que hoy sirven de perfecto ejemplo para miles de emprendedores alrededor de todo el mundo. Entre otras cosas, decía que decidir qué cosas no hacer era tan importante como decidir qué hacer. De allí se desprendía una matriz de administración muy clara: en vez de permitir la proliferación de ideas, Apple se concentraba en apenas dos o tres proyectos a la vez.
Jobs, cuyo sueldo anual era de un dólar, construyó y reconstruyó su empresa alrededor de muy contundentes opiniones sobre la vida digital, las cuales defendió en público con vigor. A toda hora. En cualquier momento.
“La gente juzga un libro por su portada”, remarcaba una y otra vez a sus interlocutores. Así justificaba su obsesión por el aspecto exterior, pero también interior, de las computadoras.
Su perfeccionismo era célebre en Palo Alto. También su vocación por la responsabilidad de principio a fin. Los principales ejecutivos de Apple pueden dar fe.
 
Tenía una visión general de los negocios, pero también el detalle urgente de cada momento de la compañía. Además, y como parte del mismo menú, era un defensor de la simplicidad en los procesos.
Hoy existe la tendencia de creer que las ideas pueden desarrollarse por email o chat: la creatividad llega en los encuentros y colaboraciones espontáneas, de conversaciones al azar”, sorprendía cuando se le preguntaba por sus fuentes de inspiración. Es así, no hay errores: el más grande estratega de la tecnología prefería los encuentros cara a cara.
En el mismo sentido, ponderaba la combinación de la ciencia con las humanidades. Las artes con la ingeniería. La creatividad con la tecnología. Sabía la dosis justa para un éxito asegurado.
A los suyos, les daba mensajes duros. “Si no nos canibalizamos nosotros mismos, alguien lo hará por nosotros”, explicaba. Al mismo tiempo, exigía rebeldía: “Sean siempre insaciables, sean siempre insensatos”.
Con todo, lograba que sus equipos consiguieran lo imposible. Algunos dicen que su mayor apuesta era la distorsión de la realidad, y que esa era su principal habilidad para conducir. También en eso fue único.

Fuente:
http://opinion.infobae.com/sergio-roitberg/

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